Seamos claros: el vino tiene un problema de cercanía. No de calidad, no de historia, no de diversidad. El problema es que durante años lo hemos rodeado de demasiado protocolo, demasiado tecnicismo y bastante esnobismo. Y así es difícil que alguien nuevo se acerque sin miedo a “no saber”.
Mientras el sector se pregunta por qué se bebe menos vino, quizá convendría mirarse al espejo.
Demasiado ritual, poca naturalidad
Copas perfectas, temperaturas exactas, fichas de cata eternas, vocabulario críptico…
Todo eso puede tener sentido en un contexto profesional, pero no puede ser la puerta de entrada al vino.
La realidad es que mucha gente se siente fuera de lugar:
“No entiendo de vino”
“Seguro que lo hago mal”
“Esto no es para mí”
Y cuando una bebida genera inseguridad, se queda en la estantería.
El esnobismo que aleja
Hemos confundido prestigio con distancia.
Parece que si el vino no es complicado, no es serio. Si no es caro, no es bueno. Si no usas las palabras adecuadas, no sabes.
Y así hemos conseguido algo absurdo: un producto popular tratado como si fuera exclusivo.
El vino nació para compartirse, no para examinar.
¿Dónde están las catas divertidas?
Otro gran error: convertir las catas en una clase magistral.
¿De verdad alguien se engancha al vino escuchando durante una hora sobre taninos, pH y barricas sin levantar la copa?
Faltan:
Catas desenfadadas
Lenguaje normal
Risas, anécdotas, historias
Menos ficha técnica y más disfrute
El vino entra por la emoción, no por el manual.
Cercanía, no parafernalia
Las nuevas generaciones no buscan solemnidad. Buscan experiencias reales.
Prefieren que les cuenten:
Quién hace el vino
Por qué es así
En qué momento disfrutarlo
No necesitan saber cuántos meses estuvo en roble francés si nadie les explica por qué les debería gustar.
Beber menos, sí. Disfrutar mejor
No se trata de que la gente vuelva a beber como antes. Eso no va a pasar.
Se trata de beber mejor, sin complejos, sin miedo a equivocarse, sin sentir que el vino es un examen.
El problema no es que se consuma menos vino.
El problema es que hemos complicado algo que era sencillo.
Conclusión (sin solemnidad)
Si el vino quiere futuro, tiene que:
Bajarse del pedestal
Quitarse la corbata
Hablar claro
Reírse un poco más
Menos protocolo, menos esnobismo y más vino compartido.
Porque cuando el vino se explica con cercanía, se bebe con ganas.



