El verano es sinónimo de sol, maduración y viñedos cargados de racimos. De hecho, la vid es una planta mediterránea que necesita calor para completar su ciclo vegetativo. Sin embargo, existe una diferencia importante entre un verano cálido y un verano extremadamente caluroso.
Porque no todo el calor beneficia a la uva.
¿Qué se considera una temperatura elevada para la vid?
La vid trabaja de forma óptima cuando las temperaturas diurnas se sitúan aproximadamente entre los 25 y 30 °C. En estas condiciones, la planta realiza la fotosíntesis de forma eficiente y la uva madura de manera equilibrada.Cuando las temperaturas superan los 35 °C de forma continuada, especialmente durante varios días consecutivos, la situación cambia.Y si se alcanzan o superan los 40 °C, como ocurre durante algunas olas de calor, el viñedo entra en una situación de estrés que puede afectar tanto a la cantidad como a la calidad de la cosecha.
Además, las llamadas noches tropicales, cuando la temperatura no baja de 20 °C, tampoco ayudan. La vid aprovecha la noche para recuperarse y ralentizar ciertos procesos; si el calor persiste durante las 24 horas, el estrés se acumula.
La planta se protege
Ante temperaturas extremas, la vid activa sus mecanismos de defensa.Cierra parcialmente sus estomas —los pequeños poros de las hojas— para evitar una pérdida excesiva de agua. El problema es que también reduce la fotosíntesis y, por tanto, la producción de energía necesaria para el desarrollo de los racimos.
Es una cuestión de supervivencia: primero la planta, después la uva.
Maduración acelerada
Uno de los efectos más visibles del calor excesivo es que las uvas acumulan azúcar muy deprisa.A primera vista podría parecer una ventaja, pero no siempre lo es. Mientras aumentan los azúcares, disminuye la acidez natural de la uva.
El resultado puede ser vinos con más graduación alcohólica, menos frescura y un equilibrio más difícil de conseguir en bodega.
El riesgo de las quemaduras
Igual que nuestra piel puede quemarse bajo un sol intenso, los racimos también pueden sufrir.Cuando una uva queda demasiado expuesta y las temperaturas son extremas, aparecen manchas marrones, arrugamiento e incluso deshidratación parcial del grano.Por este motivo, muchos viticultores son especialmente cuidadosos con el deshojado en pleno verano, dejando una parte del follaje para proteger los racimos más expuestos.
Menos kilos en la vendimia
El calor extremo suele venir acompañado de sequía. La uva pierde agua, los granos reducen su tamaño y la producción final puede disminuir. En algunos casos esto aporta concentración, pero cuando el estrés es excesivo también puede provocar desequilibrios y pérdidas de calidad.
¿Todas las variedades reaccionan igual?
No.Las variedades mediterráneas, acostumbradas históricamente a climas cálidos, suelen soportar mejor estas condiciones.Sin embargo, incluso las variedades más resistentes pueden sufrir cuando las temperaturas superan ampliamente los valores habituales durante varios días seguidos.
Por eso el cambio climático se ha convertido en uno de los grandes retos de la viticultura moderna.
El desafío de este verano
Las altas temperaturas registradas durante las últimas semanas en muchas zonas vitícolas españolas están obligando a los viticultores a vigilar el viñedo casi a diario.La clave no es que haga calor. La vid necesita calor.La clave es cuánto calor hace, durante cuánto tiempo y si las temperaturas permiten que la planta se recupere durante la noche.Porque para la uva, igual que para nosotros, 35 °C pueden ser soportables; varios días seguidos por encima de 40 °C ya son otra historia.
Curiosidad MundoVino
🍷Hace cincuenta años era habitual que muchas vendimias españolas comenzaran en octubre. Hoy, en numerosas regiones, algunas parcelas se vendimian a finales de agosto. La uva madura antes y el calendario del vino está cambiando al mismo ritmo que lo hace el clima. 🍇☀️



