El otro día, tomando un vino en el bar del pueblo, aquí en Navarra, escuché a alguien decir sin pensarlo:
–“Un Verdejo, por favor.”
Y fue como un clic en la cabeza. ¿Cuándo dejamos de mirar la carta? ¿Cuándo empezamos a pedir lo mismo, como autómatas del vino?
Pedir un Verdejo se ha convertido en jugar sobre seguro sin arriesgar un euro. Y eso, para quienes amamos el vino, puede ser… aburrido.
No sé tú, pero yo ya he perdido la cuenta de las veces que he oído (o dicho) en la barra de un bar:
–“Ponme un Verdejo.”
Y lo entiendo. Es fresco, es fácil, entra bien… pero también empieza a ser monótono, previsible y, en algunos casos, un poco plano. Porque no todos los Verdejos son iguales, ni todos los paladares merecen lo mismo.
¿Qué estás pidiendo cuando pides un Verdejo?
Estás pidiendo, casi seguro, un blanco de la DO Rueda, una denominación que ha sabido poner el Verdejo en el mapa, en la copa y en todas las cartas de bares del país. Y eso tiene mérito.
Pero cuidado: Verdejo es una uva, no una marca registrada, y aunque Rueda la haya convertido en su reina, no todo Verdejo es sinónimo de calidad, ni todo lo que lleva esa etiqueta está bien hecho.
Quizá ha llegado el momento de darle un respiro al Verdejo. No abandonarlo, pero sí dejar de pedirlo por costumbre. ¿Has probado un Godello bien hecho? ¿Un Albariño que no venga de la típica marca del súper? ¿Una Garnacha Blanca del Empordá? ¿Un sauvignon blanc de Navarra?
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