La historia de una enóloga que nunca quiso vivir de una profesión idealizada
Hay quien piensa que trabajar en el mundo del vino es pasear entre viñedos, catar grandes vinos, hablar de aromas y terminar el día con una copa en la mano.
Yo también he disfrutado de todo eso.
Pero si alguien me pregunta qué es realmente ser enóloga, probablemente le diría otra cosa:
es tirar de mangueras, abrir y cerrar llaves, subir, bajar, caminar, limpiar, correr y volver a empezar.
Y, algunas veces, acabar el día completamente reventada.
Mi historia con la Enología comenzó allá por 1996, en Logroño.
Mi hermano iba a estudiar Enología. Finalmente no lo hizo. Yo sí.
Y siempre he tenido una enorme admiración por mi hermano. Por eso digo que, de alguna manera, soy enóloga gracias a él.
Él abrió una puerta que yo decidí cruzar.
Y detrás de aquella puerta encontré una profesión que me apasionó, pero que también me hizo luchar muchísimo.
DEMOSTRAR QUE PODÍA HACERLO
Ser mujer en una bodega no siempre ha sido fácil.
Durante años tuve que demostrar que podía hacer lo mismo que un hombre.
No solo saber de vino.
Había que demostrar que podías estar en una vendimia, aguantar una jornada interminable, manejar una bodega, resolver problemas, tomar decisiones y estar al pie del cañón cuando las cosas se complicaban.
Y hacerlo sin que nadie dudara de ti simplemente por ser mujer.
Hoy hemos avanzado.
Muchísimo.
Pero todavía queda camino.
Para mí, la igualdad llegará de verdad cuando en una bodega encontremos la misma cantidad de mujeres que de hombres en todos los ámbitos y responsabilidades.
Mientras eso no ocurra, todavía no estaremos en la misma línea.
Y no lo digo desde el enfrentamiento.
Lo digo desde la experiencia.
TAMBIÉN HUBO UN MOMENTO EN QUE DEJÉ DE ESTAR ENAMORADA
Porque sí.
Hubo una época en la que me desenamoré de esta profesión.
La dureza acaba pasando factura.
Las vendimias.
Las jornadas interminables.
Los embotellados que parecen no terminar nunca.
Los trasiegos.
Los remontados.
Los filtrados.
El frío.
El cansancio.
Las prisas.
Y ese teléfono que puede sonar cuando menos te lo esperas porque algo ha pasado en bodega.
Hay momentos en los que piensas:
“¿De verdad quiero seguir con esto?”
Y, sin embargo, siempre hay algo que te hace volver.
Quizá sea el olor de una vendimia.
Quizá ver cómo aquella uva que llega a la bodega termina convirtiéndose en vino.
Quizá el orgullo de saber que detrás de una botella hay muchas horas de tu trabajo.
O quizá simplemente porque, aunque algunas veces te canses de ella, la Enología termina formando parte de ti.
LA VENDIMIA: DURA, PERO TAMBIÉN DIVERTIDA
Las vendimias son una auténtica locura.
Son duras.
Muy duras.
Pero también son de esas experiencias que después recuerdas con una sonrisa.
Hay madrugones.
Hay prisas.
Hay barro.
Hay frío.
Hay cansancio.
Hay problemas que solucionar sobre la marcha.
Y hay días en los que parece que no vas a terminar nunca.
Pero también hay compañerismo.
Risas.
Historias.
Momentos que se quedan para siempre.
Porque una vendimia no se vive solamente con la cabeza.
Se vive con todo el cuerpo.
LA PARTE QUE NO SALE EN LAS FOTOS
A mí me gustaría enseñar precisamente esa parte.
La que no suele aparecer en las fotografías.
Porque detrás de una botella bonita hay una realidad mucho menos glamurosa.
Una bodega funciona con mangueras y llaves.
Muchísimas mangueras.
Y muchísimas llaves.
Tiras de una.
Abres otra.
Cierras aquella.
Subes.
Bajas.
Caminas.
Limpias.
Vuelves a subir.
Y cuando crees que has terminado, todavía queda otra cosa por hacer.
Eso también es hacer vino.
Y hay que contarlo.
Porque el consumidor ve la botella.
Nosotros hemos visto todo lo que ha ocurrido antes de que esa botella llegara a sus manos.
NO QUIERO ROMANTIZAR MI PROFESIÓN
Quiero contarla tal y como es.
Con sus cosas maravillosas y con sus partes duras.
Porque ser enóloga no consiste solamente en saber catar un vino.
Es entender la uva.
Es conocer una bodega.
Es tomar decisiones.
Es trabajar durante horas.
Es resolver problemas.
Es mancharse.
Es cansarse.
Es aprender constantemente.
Y es aceptar que muchas veces el vino manda.
La vendimia no entiende de domingos.
La uva no espera.
Una fermentación no entiende de horarios.
Y una bodega tampoco.
DESPUÉS DE CASI TRES DÉCADAS
Desde aquel 1996 en Logroño han pasado muchas cosas.
He tenido momentos maravillosos.
Otros no tanto.
He estado enamorada de mi profesión.
También he querido alejarme de ella.
He tenido que demostrarme a mí misma que podía.
Y, sobre todo, he aprendido que detrás de cada botella hay mucho más que vino.
Hay personas.
Hay esfuerzo.
Hay horas.
Hay cansancio.
Hay decisiones.
Hay errores.
Hay aprendizaje.
Hay mujeres que han tenido que abrirse camino.
Y hay una historia.
La mía empezó porque mi hermano iba a estudiar Enología.
Él no lo hizo.
Yo sí.
Y casi treinta años después sigo pensando que, de alguna manera, aquella decisión también fue gracias a él.
Por eso sigo aquí.
Quizá ya no con la misma idealización de aquella chica que comenzó sus estudios en Logroño.
Pero sí con algo mucho más importante:
la certeza de saber lo que cuesta hacer una botella de vino.
Así que la próxima vez que alguien levante una copa y diga:
“Qué bonito es el mundo del vino…”
Probablemente sonreiré.
Porque sí.
Lo es.
Pero antes de llegar a esa copa hubo una vendimia.
Una bodega.
Un montón de mangueras.
Unas cuantas llaves.
Muchas horas.
Y alguien que tuvo que currárselo de verdad.
Eso también es vino.



