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Thomas Jefferson: el padre de EE. UU. que soñaba en Burdeos y bebía Borgoña

Cuando se habla de Thomas Jefferson solemos pensar en la Declaración de Independencia, en la Casa Blanca o en su faceta de ilustrado. Pero hay un Jefferson menos conocido —y mucho más vinófilo— que encajaría hoy sin problema en una cata privada o en una visita a viñedos franceses.
Porque sí: Thomas Jefferson fue uno de los mayores amantes del vino de su tiempo y, probablemente, el primer gran embajador del vino europeo en Estados Unidos.


Un presidente con paladar europeo
Jefferson no bebía vino “porque sí”. Estudiaba el vino, lo comparaba, lo clasificaba y lo anotaba todo. Durante su etapa como embajador de EE. UU. en Francia (1785–1789), recorrió personalmente viñedos de Burdeos, Borgoña, Champagne, el Ródano y el Languedoc, algo absolutamente inusual para un diplomático del siglo XVIII.
Mientras otros aristócratas bebían lo que les servían, Jefferson quería saber de qué parcela venía el vino, quién lo elaboraba y en qué añada estaba en su mejor momento. Un adelantado a su tiempo.
“El buen vino es una necesidad de la vida”, escribió sin complejos.


Borgoña y Burdeos: sus grandes pasiones
Si hoy Jefferson viviera, sería de los que discuten si Borgoña está por encima de Burdeos… porque ya lo hacía entonces.
Borgoña era su gran amor: especialmente los vinos de Chambertin, que consideraba los mejores del mundo.
Burdeos ocupaba un lugar privilegiado en su bodega personal, con especial devoción por Lafite, Margaux y Haut-Brion.
Champagne, siempre seco (nada de dulzones), para ocasiones especiales.
Vinos del Ródano y del sur de Francia, que le intrigaban por su carácter.


Jefferson incluso utilizaba símbolos secretos en sus cartas para pedir vino, evitando problemas políticos o fiscales. El vino, para él, era casi un asunto de Estado.


La bodega presidencial más famosa de la historia
Como presidente (1801–1809), Jefferson convirtió la Casa Blanca en el centro neurálgico del vino europeo en América. Importaba miles de botellas directamente desde Francia, algo muy criticado por sus rivales políticos, que lo veían como un lujo excesivo.
La realidad:
Gastaba una fortuna personal en vino.
Llegó a acumular deudas enormes, en parte por su obsesión vinícola.
Nunca renegó de ello.
Para Jefferson, el vino no era ostentación: era cultura, salud y civilización.


¿Y el vino americano?
Aquí viene la parte más humana: Jefferson intentó desesperadamente crear un gran vino estadounidense. Plantó viñedos en Monticello, su finca en Virginia, experimentó con variedades europeas y locales… y fracasó.
Las enfermedades, el clima y la filoxera arruinaron sus sueños. Aun así, sentó las bases de lo que hoy es la viticultura estadounidense, convencido de que algún día América produciría vinos a la altura de Europa.
Spoiler histórico: tenía razón, aunque no lo llegara a ver.


Jefferson hoy: un winelover
Si Thomas Jefferson viviera hoy:
Tendría una cuenta activa en Vivino
Escribiría artículos larguísimos sobre terroir
Defendería el vino como alimento cultural
Y seguiría prefiriendo Borgoña… aunque probaría todo
Más que un político con afición al vino, Jefferson fue uno de los primeros grandes winelovers modernos.